lunes, 14 de noviembre de 2011

El padrino: apuntes muy laterales



 La mafia italiana tiene algo de romántico, de heroico, de primitivo. Originariamente, es una “hermandad” que, en parte, enfrenta al ultraliberalismo. La “mano invisible” del mercado es reemplazada por la mano del Padrino, a la que besan sus protegidos. Precisamente, la mafia da “protección” frente a la inclemencia de ese mercado. Es cierto que después la vende. Lo que la hace finalmente antipática, lo que la prostituye definitivamente es que se vende a ese mismo capitalismo, se mimetiza con él. Y entonces empieza a funcionar como la contracara oculta, como una metáfora del capitalismo. En La Mafia, la película de Torre Nilsson, Alterio dice: “Basta de robarle al Estado, vamos a robar con el Estado.”
La parábola trágica de Michael Corleone, el héroe de guerra, es que empieza negándose a ser un mafioso. Después, se defiende en el Congreso, bastión de la democracia formal. Y, finalmente, está a punto de blanquearse completamente, Iglesia mediante, porque ya es imposible distinguir entre actividades mafiosas y capitalismo, entre ilegalidad y legalidad. Esto es, también, lo que lo precipita la culminación trágica, en el gran finale que es su desmesurado castigo. (A propósito, la escena culminante de la parte III: después de la ópera, lo que pasa afuera también es operístico. La realidad, coherentemente con el Coppola que hizo Apocalipsis y Golpe al corazón, funciona con la forma de ciertos géneros ficcionales.)
Con la figura del cantante protegido por la mafia (Frank Sinatra), Coppola está diciendo: ojo, la mafia está en el mundo del espectáculo también. Este mundo se maneja como la mafia. Yo mismo soy la mafia, ¿por qué no? Trabaja con tutta la famiglia: la hermana, el padre, la hija... Es legendario
que apretó al jurado de Cannes para que premiaran Apocalipsis... Tal vez por esto, comparado con Scorsese, Coppola es menos crítico de la mafia como tal, y quizás más crítico con la sociedad. ¿Cuál es metáfora de cuál?

(escrito para La Vereda de Enfrente, 1997)


sábado, 12 de noviembre de 2011

La novela del peronismo



Leer la literatura del peronismo es, se nos ocurre, leer la literatura argentina. Y no sólo del cincuenta para acá, sino desde su origen histórico, en sus mitos fundacionales, constantemente redefinidos. Toda literatura aparece tensionada entre esa reformulación de sus orígenes, su relación con lo contemporáneo y su impulso utópico. Busca en el pasado la causa del presente, o una metáfora iluminadora; causalidad y analogía, matrices ideológicas básicas del pensamiento occidental, devienen así procedimientos estructurantes de muchos textos que nos interesan.
“La literatura argentina empieza con Rosas”, dice Viñas. En este preciso sentido —la época rosista como cruce de tensiones ideológicas que generan por primera vez una literatura con perfiles propios—, es que volvemos a proponer el lugar común: la literatura argentina empieza con “El matadero”.
Escrito alrededor de 1838 y publicado recién en 1871, el relato de Echeverría surge como la “puesta en narración” de la oposición fundamental que el Facundo extiende por primera vez. Civilización y/o barbarie, etcétera. No hay una división del trabajo estricta, ya que en ambos hay “teoría” y “narración”, sólo que en diversas dosis. También los unen otras características comunes: su intención polémica, su estructura argumentativa.
En todo caso, “El matadero” se nos aparece como el gesto fundante de una forma narrativa que trata, por un lado, de ejemplificar la dicotomía sarmientina y, por otro, de resolver, si bien precariamente, el problema narrativo-ideológico de “contar al otro”. La otredad, ya en Echeverría, se carga con las connotaciones que trazan una línea, una serie literaria que queremos leer: es una fuente de constante amenaza (a la propia vida, pero también a la integridad de sentido y, también por este lado, a la tranquilidad, a la seguridad); consecuentemente, es un polo de seducción: se desea lo otro, lo que no soy yo mismo, pero al reconocer en ese otro parte de mí mismo, o a la inversa (y esto está clarísimo en Sarmiento), se reinstala el verdadero objeto del deseo, la Totalidad perdida.
Amenaza/seducción, entonces. El camino que va desde Los años despiadados (1956), de David Viñas, hasta La boca de la ballena (1974), de Héctor Lastra. Y pasa, obviamente, por el primer Cortázar, el de “Ómnibus”, “Casa tomada” y, más que nada, “Las puertas del cielo”, sin excluir la temprana novela, publicada póstumamente, El examen. El misterio de lo desconocido, lo indefinible, lo opaco, lo indecible (lo incomunicable es fuente de toda violencia, decía por entonces Sartre). Objetivación y exteriorización de lo irracional, lo intuitivo (valorado positivamente desde el pensamiento populista o la intelligentsia culposa). En suma, reificación de un polo de una contradicción real ideologizada. Como siempre, bajo la forma de hipóstasis o elipsis, de negación o desplazamiento, reencontramos, más sencillamente, la lucha de clases.
Ver en la oposición peronismo/antiperonismo una reedición aumentada y corregida de las luchas entre unitarios y federales del siglo pasado es un ejercicio particularmente infeliz, creo, de ahistoricismo, por completo reaccionario, practicado tanto por las corrientes historiográficas neoliberales como por las revisionistas, que al menos tienen la virtud de ser contestatarias (virtud bastante menguada, por cierto, cuando disfrutaron la gloria fugaz del oficialismo, de la hegemonía intelectual).
Pero justamente son estas matrices ideológicas las que nos parecen eficaces para estudiar las formulaciones literarias del peronismo, por la fuerza con que vuelven a actuar una y otra vez en las capas sociales cuyo imaginario incide en la producción de los textos considerados. Con todas las variantes posibles, pero con la determinación común de intentar abarcar, delimitar, “explicar”, un fenómeno que parece exceder toda estructuración. Si la escritura mantiene una relación de insuperable exterioridad con lo real, en el caso del peronismo esta limitación se vuelve acuciante, patética, acaso ridícula.
La revista Martín Fierro había propuesto, a mediados de la década del veinte, una suerte de “populismo oligárquico”. La segunda vertiente deriva en la revista Sur y su más notorio representante es, obviamente, Borges. Pero también el Mallea que en Historia de una pasión argentina propone otra dicotomía exitosa: la Argentina invisible frente a la Argentina visible, lo auténtico frente a lo artificial, lo telúrico frente a lo foráneo, el interior frente a la ciudad, etc. Cuando aquella Argentina invisible se muestra por fin y lava sus patas en la fuente impoluta de lo histórico, la elite intelectual se repliega ante una realidad demasiado dura para aceptarla de acuerdo con su propia teoría, y se refugia en ideales inmaculados, en un idealismo, como siempre, sospechoso.
La otra línea, que volveríamos a llamar “populista” si esta palabra no estuviera cargada tan negativamente, desemboca en ese monstruo literario que es el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, y que, ejemplificando las tesis del primer Borges en “El escritor argentino y la tradición”, arrastra a Joyce y a Virgilio por las veredas de un Villa Crespo mitológico.
Y, si las revistas literarias marca(ba)n en la Argentina los avatares generacionales de nuestra intelectualidad, no hay duda de que sigue Contorno. La revista de los Viñas, Masotta, Jitrik, Sebreli y otros pocos se constituye a partir de dos determinaciones principales, muy relacionadas entre sí, aunque haya una ligera derivación cronológica de una hacia otra. Primero, hacer una revisión de la literatura argentina al margen de la hagiografía oficial; segundo, pensar la historia argentina desde un presente en el que el peronismo aparece como referente global, como trauma estructurante, como deuda impaga. Este juego de relaciones produce un equilibrio inestable, que puede rastrearse privilegiadamente en las novelas de David Viñas.
Por un lado, hay que estar contra el peronismo sin ser antiperonista (“Contreras pero no gorilas”); por otro, buscar o crear un espacio de izquierda democrática y nacionalista entre el ala progresista de Sur (la Unión Democrática va convirtiéndose en un recuerdo vergonzante) y algunos aspectos positivos del peronismo. Pero las superposiciones son inevitables y llevan tanto a la crítica despiadada (y acaso injusta) de Jauretche como a la utópica síntesis frondizista.
Contra el maniqueísmo peronismo/antiperonismo, entonces, buscando soluciones dialécticas. Pero, a la vez, con la impronta sartreana de “ensuciarse las manos” y enfrentar ciertas opciones por sí o por no. Es en este campo de fuerzas discursivas donde hay que leer, creo, Un Dios cotidiano, Los dueños de la tierra y, sobre todo, Los años despiadados.
Desde el título se plantea una polisemia triangular. Si esos “años” son los del peronismo y a la vez los de la adolescencia, el texto postula la época peronista como una forma de adolescencia: transición, crecimiento desgarrante, aparición de lo que está oculto, larvado. Pero, por otra parte, el adolescente prototípico es Rubén, con su ambigüedad sexual, sus vacilaciones, su inserción de clase (Sebreli, por esta época, decía que la juventud es un mito de la conciencia burguesa, que el proletariado pasa directamente de la niñez a la adultez). Rubén-Rubi-el rubio representa esa suerte de “pecado original” de la clase media que Masotta analizara en su libro sobre Arlt. Sus relaciones con Mario, el “morocho”, son de una dominación reversible: si Mario es todopoderoso, hace lo que le da la gana, “se los coje a todos”, Rubén lo domina discursivamente (en el extraño capítulo VI, donde juegan de acuerdo con sus reglas).
Rubén mira al mundo desde arriba, desde su “torre”; su poder es visual, discursivo, ficcional, “masturbatorio”. El lugar de Mario (del peronismo) es la realidad, “las cosas”, el mundo verdadero, sobre todo la calle. Ése es el escenario de la violación, que consuma lo no explicitado de “El matadero”, y de alguna manera lo justifica.
El peronismo aparece, entonces, no sólo como lo oculto de la sociedad argentina (lo “invisible” de Mallea), sino también como una especie de culpa que la clase media quiere o debe expiar. El objeto (inerte, explotable, narrable) que se vuelve sujeto. La mirada desde arriba, correlativamente, se vuelve desde abajo (la posición del violado).
Habría que agregar a este esquema sus ratificaciones laterales (sin dudas, cualquier texto de Viñas abunda en sobresignificaciones), especialmente en el personaje de Ofelia, hermana de Rubén, en la que la fascinación ambigua hacia el peronismo está explicitada hasta otras formas de consumación.
El texto se construye en base a estas tensiones: el peronismo sigue siendo la masa informe, agresiva, poderosa, inorgánica; pero también síntoma, emergente de una realidad social de cuyas contradicciones el texto quiere hacerse cargo. Esta realidad es vista bajo una forma sartreanamente totalizadora en la que cada elemento puede y debe ser relacionado con otros, y cada nivel tiene su correlato en otro nivel, apuntando hacia la recuperación de un sentido global. De esta manera, la lucha de clases puede tener su manifestación en la sexualidad y ésta, por lo tanto, ser metáfora de aquélla.
Estas sobredeterminaciones de cada unidad narrativa hacen la lectura un tanto pesada, reiterativa, quizás obvia. A esto también contribuye el “estilo” particular de Viñas, en el que se mezclan constantemente la percepción, la reflexión y el recuerdo (con abundancia de signos gráficos ad hoc, comillas, guiones interiores, bastardilla). Esta proliferación parece inevitable cuando se plantea la necesidad de dar cuenta de una realidad social, histórica, psicológica, entendida como una dialéctica entre mundo e interioridad, y al mismo tiempo se admiten las limitaciones de la escritura, siempre resistente a las presiones de lo referencial. La distancia de lectura puede perjudicar un poco al texto, pero no si se lo coloca frente a otras soluciones narrativas contemporáneas.
El peronismo como lo indecible, como lo inenarrable. Como maldición.
Otros textos, intentan dar cuenta del fenómeno de una manera indirecta, perpleja, irritada. Fin de fiesta (1958), de Beatriz Guido, desarrolla la historia de un caudillo conservador de Avellaneda, en el que puede reconocerse claramente al famoso Barceló; sus tácticas de dominación son descriptas con la frialdad cínica que sólo puede dar una mirada demasiado cercana a ese mismo mundo decadente. Pero la estructura general del libro reproduce el esquema argumentativo de “El matadero”: a partir de la caída del caudillo provincial (que muere un 17 de octubre), toda la política nacional se ve dominada por su estilo. El texto había sido una metáfora del peronismo, cuyo significado se revela al final y que lo muestra, otra vez pero desde un punto de vista opuesto, como el emergente de una vida nacional metafísicamente predeterminada.
La ribera, de Enrique Wernicke (1955), y Nada que perder (1982), de Andrés Rivera, también extienden dos largas historias cuyo tiempo narrativo se detiene cuando aparece el peronismo. El primero contrapone el individualismo de un burgués desarraigado con la militancia antinazi, durante la dictadura militar previa al gobierno de Perón, pero acentuando la continuidad final del régimen. El segundo hace un verdadero relevamiento del sindicalismo clásico de izquierda, hasta la década del cuarenta, en la que el peronismo puede verse, forzando los ojos, por contraposición.
Responso, de Juan José Saer, da otra respuesta, más parcializada, tal vez más eficaz. El relato propone la decadencia personal de un ex-sindicalista, a partir de 1955, pero su referencialidad es escasa, indirecta, sutil. Saer acumula los rasgos de esta “caída” sin abundar en sus causas, estableciendo todo un programa narrativo en el que la política sólo podrá entrar sesgadamente a la ficción (como en Cicatrices, Nadie nada nunca e incluso Glosa).
Del sesenta para acá, cómo ignorarlo, las cosas cambian. Ocurre la “conversión” de gran parte de la izquierda al peronismo; entra en crisis un modo de representación de la realidad. Es la serie que incluye textos tan contrapuestos y a la vez extrañamente relacionables como Operación masacre de Walsh y El frasquito de Gusmán. Ésta es otra historia, pero todavía es nuestra historia.

(mayo-junio de 1989)


jueves, 10 de noviembre de 2011

Bosquejo de cuatro tesis sobre literatura argentina contemporánea




(—Bisbis bisbis —dijo Feuille Morte.
—Es lo que digo yo —dijo Polanco.
—Dejen escuchar, dejen —protestó Calac.)


Tesis N.º 1

El poder: figuras y personajes


El título alude a la distinción hecha por Barthes en S/Z (cap. XXVIII, pág. 55). El personaje como ligado al nombre propio y la figura como constelación simbólica que circula por los textos sin quedar fijada a un personaje único.
Se trataría, entonces, de rastrear a los personajes y las figuras del poder en cierta literatura latinoamericana, tal vez la más conspicua, que alguien llamó “la novela de dictadores”. Por ejemplo: La vorágine, Doña Bárbara, El señor presidente, Redoble por Rancas, Yo el supremo, etc.
(Justamente en la primera de las novelas mencionadas se tematiza esta cuestión: “Y no pienses que al decir Funes he nombrado a persona única. Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico.”)
¿Qué revelaría sobre la sociedad latinoamericana esta figuración prefoucaultiana del poder que encarnan tales personajes? ¿Se puede homologar con la literatura argentina, desde Rosas a Perón? Y si es así: ¿Hay un momento de ruptura, alternativas, algún quiebre en la concepción tradicional del poder, un disparo hacia otras formas de representación?
Ejemplificar con La vida entera.
Aquí no sólo el poder está cuestionado a través del tema del conflicto y la sucesión (bajo la marca genérica del policial “negro”, por ejemplo Cosecha roja, de Hammett), sino que también se propone un esquema foucaultiano de poderes paralelos, ramificados y microscópicos. Los dos bandos que combaten sordamente entre sí también tienen sus conflictos internos, con evidentes referencias a la situación política que hace eclosión en los setenta (el enfrentamiento de los dos sectores del peronismo), pero de una manera harto diferente a la de, por ejemplo, No habrá más penas ni olvido.

(—Juná cómo habla este coso, che —exclamó Polanco, ofendido—. Constelación simbólica, homologar, esquema foucaultiano, eclosión. No hay derecho.
—¿No te hace acordar a alguien que yo sé? —preguntó Calac.
—Propiamente.)


Tesis N.º 2

Saber y no saber: el acto del desciframiento


Sin duda, como bien dice Piglia, cuando Sarmiento escribe la célebre frase en su huida a Chile quedan divididas las aguas en la sociedad argentina: bárbaros son los que no saben leer esas palabras en francés.
¿Qué tipos de saberes circulan desde entonces en la literatura? ¿Qué saberes privilegia y cuáles denigra? ¿En qué lugares y en qué sujetos?
Sarmiento extiende un saber libresco: es el científico tocquevillesco que, sin haber estado nunca en la pampa, la describe en profundidad, sin hesitaciones, provisto de su instrumental crítico, intelectual. El saber empírico del rastreador y el cuasi-mágico de Facundo quedan relegados a formas primitivas de inteligencia natural, casi animal: la barbarie, en fin, simplemente erradicable con escuelas y maestras importadas.
(De ahí la respuesta de Mansilla, en Una excursión…: no sólo ironías dirigidas a su “enemigo” Sarmiento, sino también punto de flexión del proyecto liberal; él es un erudito a la violeta, sí, pero su saber es tan libresco como empírico y se ufana de ambos, que así se ratifican mutuamente.)
El Genaro de En la sangre es irredimible a través de la educación, como prefigurando el fracaso de las maestras de Gálvez y Lynch.
El otro extremo de la cuerda es, por supuesto, Don Segundo Sombra. Allí los términos y los valores se invierten: ahora el saber privilegiado es el empírico (ver, por ejemplo, el célebre capítulo XI), condición de posibilidad de cualquier posterior adquisición intelectual válida. Recién después de ser “gaucho” se puede ser “estanciero” (se tiene el derecho de serlo), sólo después de tener el conocimiento directo y vital se pueden aprender otras cosas, de otra manera (por eso el estanciero simbolista puede narrar al gaucho idealizado).
A partir de Arlt, otra inflexión: el saber fragmentado de la ciudad moderna, la destrucción de toda certeza, la relación saber-poder a través de la búsqueda del éxito científico-económico.
Borges y sus dos linajes (Piglia); el escritor argentino tiene la posibilidad de ser universal y tomar lo que le conviene de otras culturas: otra vez el saber libresco, a la vez autorizado por derecho de nacimiento y de lenguaje, y parodiado en sus límites.
¿Cómo se coloca frente a esta tradición compleja la narrativa contemporánea? Sin duda, bajo la herencia contradictoria (o tal vez complementaria) de Arlt y Borges. El saber ha estallado en pedazos y es necesario reconstruirlo; el sentido es una producción, no un dato; el pasado, como la realidad misma, es un texto que hay que descifrar. De ahí la permanente figuración de ese acto, el de descifrar textos, fotos, inscripciones. Analizar cada caso: Respiración artificial (las cartas de Arocena), El vuelo del tigre (Nabu y las fotos), Insomnio (la Biblia y los grafitti del Empecinado), En el corazón de junio (los textos de Flaubert, Joyce).

(—No hay dudas, che. Este tipo es un petiforro —dijo Calac.
—Para mí que es un cronco —se opuso Polanco.
—No le voy a permitir.
—Bisbis bisbis —pidió Feuille Morte.)


Tesis N.º 3

El pasado como origen y como metáfora


Podría decirse que hay dos maneras fundamentales de utilizar el pasado histórico para investigar narrativamente el presente. Una, considerarlo el origen de ese presente (explicación por casualidad). Otra, como una metáfora (explicación por analogía). Es preciso ver también que ambas formas están relacionadas entre sí y por eso mismo se prestan a confusiones, a sobreentendidos ideológicos y, tal vez, en el límite, a mala fe.
Halperín (en su artículo de Ficción y política) propone que Respiración artificial y Cuerpo a cuerpo tienen en común ver al presente en feroz ruptura con el pasado. Como si investigaran la historia argentina para hallar las causas de un presente atroz y descubrieran que, pese a las apariencias, éste es radicalmente nuevo y extraño. Se podría discutir: el periplo Descartes-Hitler que propone Piglia puede homologarse a la trayectoria proyecto liberal-dictadura del ’76, como también parece plantear la progresión de epígrafes en Viñas (de Alberdi a Saint-Jean). Pero acá volvemos a lo mismo: ¿origen o metáfora?
La respuesta parece clara en estos ejemplos: origen. Pero, cuando Viñas dice (en otro trabajo reciente) que los indios son los desaparecidos de 1879, ¿qué operación semántica e ideológica está haciendo? ¿Qué relación, qué continuidad en el tiempo puede asignarse a los masacrados-masacradores de entonces y los de ahora? Ésta es la zona más nebulosa de la cuestión. (Ver también los anacronismos deliberados del Dorrego.)
La época de Rosas es particularmente fecunda para estos malentendidos. Desde la famosa comparación Rosas-Perón (en J. M. Rosa, en Borges, con distinta valoración) hasta otras propuestas (ver En esta dulce tierra, La malasangre, etc.). Hasta el libro de John Lynch sobre Rosas abunda en comparaciones tendenciosas, llamando a la Mazorca “grupo de tareas” o “parapoliciales”. De vuelta a Lo Mismo: ¿se compara para iluminar o para señalar un origen y una continuidad nunca aclarados del todo?

(—¿Y, en qué quedamos? —preguntó Calac.
—Yo qué sé. Esperá que termine.
—Sí, pero le pidieron tres páginas y ya van como diez.
—Bisbis bisbis.
—Eso: ¿qué le queda para la monografía, che?
—Pará que ahí viene la última —dijo Polanco.)

Tesis N.º 4

Polifonía de la enunciación y sujetos históricos


Ducrot (en El decir y lo dicho) propone, a partir de Bajtín, por supuesto, llevar el concepto de polifonía desde los conjuntos de enunciados (textos) a la enunciación misma. Así, trabaja la ironía, la presuposición, la negación. Dado un único enunciado (que coincide aquí con la oración) se verifican un solo locutor (o “autor”) y dos o más sujetos enunciadores.
Estos procedimientos (y otros) pueden rastrearse sistemáticamente en las novelas del corpus: Respiración artificial, En esta dulce tierra, Glosa (llevado a la parodia total).
Es decir que, por una parte, en el conjunto de los enunciados: reconstrucción de sentidos (intento de), pluralidad versus unidad, dialogismo del discurso literario frente a monologismo del discurso oficial. Pero también, por otra parte, en la enunciación, cuestionamiento de la unidad de producción del discurso: frente al proyecto de la dictadura de construir un emisor monolítico (en los comunicados, en el Informe Final) que habla desde la Verdad o desde el Ser Nacional, la desestructuración de esa emisión, la desapropiación de los enunciados y la disgregación de sus enunciadores.
No es que no haya emisor (muerte del Sujeto), sino que hay que reconstruirlo, hay que proponer (encontrar, producir) nuevos sujetos portadores de nuevos sentidos (o a la inversa), operación a la vez netamente historiográfica y narrativa (cfr. Hayden White). Frente al agotamiento de los Grandes Relatos vernáculos (liberalismo y revisionismo), frente a las continuidades y los orígenes canonizados (v. supra), fragmentación y redistribución de enunciados y enunciadores históricos para encontrar nuevas filiaciones, nuevas identidades.

(—¿Terminó? —preguntó Calac.
—Aparenta.
—Y el pescado sin vender. ¿Vos entendiste algo?
—No, y creo que el punto tampoco tiene las ideas muy claras.
—Habrá que proponerle alguna bibliografía, habrá.
—Bisbis bisbis —aplaudió Feuille Morte.)

(Junio de 1988)

El cuerpo de Demi Moore


Si no recuerdo mal, un excelente artículo de Alan Pauls pasaba revista a las transformaciones que había experimentado en la pantalla el cuerpo de Arnold Schwartzenegger, desde su fisicoculturismo ostentoso y banal del principio ¡hasta aparecer embarazado en Junior!
Algo similar podría hacerse con Demi Moore. Pocos la recuerdan en sus comienzos, como una cuasi teenager regordeta y rubiona. En Ghost, con un look exteriormente parecido al de la exquisita estrella del cine mudo Louise Brooks, marcó cierto estilo de fines de los ochenta, que entre nosotros imitó con mucho éxito Araceli González: delgadita pero sensual, pizpireta, levemente new age. La famosa tapa de revista en la que se la ve desnuda y embarazada marcó un punto de inflexión. En Acoso sexual ya es una mujerona agresiva, contundente. En Strip Tease estrena lolas nuevas y un cuerpo trabajado, fibroso, similar al de Linda Hamilton en Terminator 2. En Hasta el límite está pelada, look al que ya se atrevió Sigourney Weaver, y su cuerpo es sometido a esfuerzos “supremos”.
¿De qué se trata todo esto? De nada nuevo, quizás: el cine es una máquina de dar cuerpo, en todos los sentidos literales y figurados de la expresión. Los actores y actrices no sólo corporizan a sus personajes, sino también a los espectadores. Nuestros cuerpos se modelan de muchas maneras: con gimnasia, con torturas, con películas. Por ejemplo: millones de chicas en todo el mundo se miran al espejo y no se ven a sí mismas. Ven que no son Demi Moore. A esto, un epifenómeno de los medios masivos de comunicación (?), del cine industrial, etc., lo llaman bulimia-anorexia, tal vez una histeria de fin de este siglo. ¿Dónde estará el Freud que la estudie?

(1997)